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Ceremonia de investidura de la Secretaria Ejecutiva como Doctora Honoris Causa por la Universidad de la Habana

Intervención de la Secretaria Ejecutiva de la CEPAL, Alicia Bárcena.

23 de marzo de 2016|Discurso

Palabras de Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL, en la ceremonia de investidura como Doctora Honoris Causa por la Universidad de La Habana

La Habana, Cuba

23 de marzo de 2016

Estimado Rector y muy querido amigo, Gustavo Cobreiro,

Distinguidos docentes, estudiantes y trabajadores de esta histórica Universidad de La Habana,

Amigas y amigos,

Es con profunda gratitud y humildad que concurro hoy a recibir el reconocimiento de uno de los más importantes centros de pensamiento de nuestra patria común, la región latinoamericana y caribeña.

La Universidad de La Habana, con una rica historia que lleva ya tres siglos de vida recorridos, ha sido crisol de la identidad de Cuba, reflejo fiel de la voluntad de su pueblo por construir nuevos caminos para el bienestar colectivo con base en el desarrollo del conocimiento y el compromiso rebelde con las mejores causas.

Conozco la mítica carga de simbolismos que constituyen los pilares de esta Universidad. Sé del valor de sus discípulos, los mismos que hace poco más de siete décadas enfrentaron la represión y el miedo, iluminaron con rebeldía su marcha de antorchas y partieron desde las escalinatas de esta casa a reclamar libertad en voz alta frente a la tiranía.

Honraban con su gesto el nacimiento del héroe nacional de la Cuba independiente: José Martí, un hombre de palabra y acción y, tal y como Fidel lo denominó, el autor intelectual del asalto al Moncada. José Martí es un referente moral de nuestra América, donde aún resuenan con vigencia sus palabras:

"El verdadero hombre [o mujer] no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber: y ése es el verdadero hombre, único hombre práctico, cuyo sueño de hoy será la ley de mañana, porque el que haya puesto los ojos en las entrañas universales y visto hervir los pueblos, llameantes y ensangrentados, en la artesa de los siglos, sabe que el porvenir, sin una sola excepción, está del lado del deber."

Esta universidad es cantera de mujeres y hombres de esas mismas convicciones, que han inscrito el testimonio de su compromiso en las páginas luminosas de la historia de nuestro continente.

Me embarga de orgullo recibir, por decisión del Consejo Universitario, este Doctorado Honoris Causa que acojo como carta de plena ciudadanía de esta, mi casa.

Me invitan ustedes —y yo acepto emocionada— a ser parte de una familia que reconoce como miembros propios, como padres y hermanos, a gigantes de la talla de Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Eduardo Chibás y José Antonio Echeverría.

Yo, que me formé con orgullo en las aulas de una universidad pública legado de la Revolución Mexicana, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), aprecio en toda su profundidad recibir este gesto fraterno de una institución pública y laica.

Me formé en un México que se industrializaba, un pueblo orgulloso de ser pleno dueño de sus recursos naturales después de un largo coloniaje, que había llevado a cabo una profunda reforma agraria, y que hacía de la educación pública gratuita y del amor por sus raíces nacionales sus señas de identidad y su responsabilidad con el desarrollo emancipador del país y de la región.

Ese es el mismo espíritu que reconozco entre estas paredes y en este querido país, Cuba.

El honor que hoy me brindan es portentoso, intimidante. Al conferirme esta distinción me permiten acompañar a una lista extraordinaria y selecta. La Universidad de la Habana ha entregado el Doctorado Honoris Causa, entre otros, a personalidades de la talla de Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet, Nicolás Guillen, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Rafael Alberti y Alejo Carpentier.

Sé que, si bien este es un honor que recibo en nombre propio, conlleva un reconocimiento al papel de los hombres y mujeres que trabajan cada día en la CEPAL para construir rutas al desarrollo con la igualdad en el centro.

La CEPAL es una voz del Sur que intenta crear, desde nuestra historia, nuestra cultura, nuestras insuficiencias y nuestras potencialidades, un pensamiento y un camino propios para la construcción de sociedades más justas.

Nuestra labor es brindar a los Gobiernos y pueblos de América Latina y el Caribe, desde el respeto a su autonomía soberana, el apoyo pertinente, oportuno, riguroso y comprometido para edificar un proyecto de desarrollo con un horizonte claro: el bienestar compartido, donde la igualdad desempeñe un papel central.

Me honra estar en Cuba, junto a este admirado pueblo con el que compartimos aspiraciones y logros comunes: la búsqueda progresista por ampliar derechos y por transformar la estructura injusta de unos sistemas de producción y consumo que tienden a concentrar la riqueza, privatizando las utilidades y socializando los costos.

Esta voluntad colectiva y consecuente le ha supuesto al pueblo cubano costos humanos brutales durante más de 50 años, a partir de un bloqueo injusto. Este pueblo ha pagado el precio de enfrentar la desigualdad y los privilegios; ha sido un ejemplo de cómo un pueblo unido puede cambiar las estructuras de poder. Esa historia no se olvida.

La historia y la cultura son pilares que no se improvisan, y la historia de Cuba representa, para todos los latinoamericanos y caribeños, una cantera prodigiosa desde donde afirmar nuestra proyección de presente y de futuro.

Por ello, es indispensable que las generaciones de hoy no olviden el pasado cuando visualicen el futuro.

Es la misma máxima que me motiva para compartir hoy, aquí, en el corazón de esta Cuba que ha labrado su propio y original destino a partir de una historia dolorosa y valiente, algunas breves reflexiones sobre nuestro presente latinoamericano y cómo repensar sus perspectivas.

Partamos por reconocer que el escenario económico mundial será poco favorable en los próximos años, con tasas de crecimiento del PIB global menores que los promedios de las décadas anteriores. Este bajo crecimiento se debe a la pérdida de dinamismo de sus motores (la inversión, la productividad y, más recientemente, el comercio), fenómeno que se observa principalmente en los países desarrollados. Si bien las economías emergentes, sobre todo China, han sostenido tasas elevadas de crecimiento, no han sido capaces de tomar el relevo y transformarse en el pivote del crecimiento mundial.

En los últimos meses se ha agudizado la precariedad de la coyuntura mundial, con una débil demanda agregada, una mayor volatilidad de los mercados financieros, una caída más profunda de los precios de los productos básicos, costos de endeudamiento más elevados y una reversión de los flujos de capital. Esta combinación de variables ha agravado el estancamiento secular que ya se había detectado en 2015.

Si bien se pensaba que la economía de los Estados Unidos sería la única que se recuperaría en 2016, ahora se estima que es posible que su crecimiento se desacelere del 2,4 al 2,0%.

Existe la preocupación de que, en un contexto internacional débil y con una baja tasa de participación laboral, la economía pierda el dinamismo esperado. Por ende, quedan dudas de si en la próxima reunión de la Reserva Federal de los Estados Unidos se aumentará la tasa interbancaria, como ocurrió en diciembre pasado.

La recuperación de la zona del euro, que representa un tercio de la demanda mundial de importaciones, sigue siendo débil, y se prevé que el PIB se reduzca levemente, pasando del 1,5% en 2015 al 1,4% en 2016. La tasa de desempleo sigue siendo alta (cercana al 11%, comparada con el nivel máximo del 12% alcanzado en 2013) y la inflación general es casi nula. En este contexto, el Banco Central Europeo seguramente prolongará su programa de expansión monetaria (quantitative easing (QE)), pero no se percibe un efecto positivo en esta coyuntura más allá de la depreciación del euro, que promovió las exportaciones y frenó las importaciones.

Hoy China sufre una desaceleración: está creciendo incluso por debajo del 7% y se encuentra sumida en un profundo proceso de reestructuración y de actualización de su modelo económico. Este cambio de estructura desde las inversiones hacia el consumo y desde la industria hacia los servicios se tradujo en una caída del valor de las importaciones del 14% en los primeros diez meses de 2015, mientras las exportaciones cayeron solamente un 2%.

Además, en la última década, China se ha consolidado como un prominente importador de cobre, hierro y otros minerales. Al mismo tiempo, se ha convertido en un importante productor de cobre fundido refinado y productos derivados, así como de acero y productos relacionados, lo que ha ocasionado que otros productores hayan visto decrecer su participación en el mercado mundial.

Este salto cualitativo de China en su proceso interno de sustitución de las importaciones contrasta con el magro desempeño de América Latina, que ha concentrado sus exportaciones en procesos más rezagados como la explotación del cobre de mina y del mineral de hierro, en lugar del cobre refinado y la producción de acero.

Todo esto repercute en el comercio mundial, acentuando su desaceleración desde el segundo semestre de 2015. El valor del comercio mundial había caído a una tasa anualizada del 10,6% en octubre de 2015 para los últimos 12 meses. Este declive se debe principalmente a la prolongada caída de los precios de los productos básicos, en especial el petróleo (-55% solo en el segundo trimestre de 2015) y los metales, durante los meses anteriores. En diciembre, los precios de los metales y el petróleo llegaron su nivel mínimo en más de diez años.

En 2015, la región de América Latina y el Caribe registró un crecimiento económico del -0,5% y cumplió tres años acumulados de caída de sus exportaciones.

Para 2016, se espera una contracción media del -0,6% en la región, lo que da cuenta del impacto que produce este difícil entorno global.

Al igual que en 2015, durante 2016 la dinámica del crecimiento muestra marcadas diferencias entre los países y las subregiones. Las economías de América del Sur, especializadas en la producción de bienes primarios, en especial petróleo y minerales, y con creciente grado de integración comercial con China, registrarán una contracción del -1,9%.

En tanto, para las economías de Centroamérica se espera una tasa de crecimiento del 3,9%, cifra inferior a la registrada en 2015 (4,3%). En el caso de la combinación de Centroamérica y México, las proyecciones para 2016 son del 2,6%, por debajo del 2,9% registrado en 2015. Para el Caribe de habla inglesa u holandesa se estima un crecimiento en torno al 0,9% en 2016.

Ya en 2014, las exportaciones de la región se habían contraído un 14%. Entre enero y noviembre de 2015, el valor de las exportaciones se contrajo un 7% y las importaciones cayeron un 4%.

El petróleo se desplomó un 47%, el hierro y el acero, un 42% y el cobre, un 20%. De manera similar, los productos agrícolas cayeron un 16%, por citar algunos números. Si se considera el cambio de todos los productos básicos exportados por la región, los precios cayeron un 29,4%.

El mundo atraviesa profundos cambios: la nueva geografía económica por la irrupción de China, los megaacuerdos comerciales, las transformaciones demográficas, la crisis migratoria y ambiental y la revolución tecnológica. Son cambios que están redefiniendo la posición de los países y alterando el equilibrio de poder entre los bloques, así como entre las economías desarrolladas y el mundo emergente.

El nuevo papel de China se percibe notoriamente en el ámbito regional latinoamericano, pues dicho país ha costeado numerosos proyectos y se ha convertido en una fuente alternativa de financiamiento para países con dificultades en su cuenta corriente. Esto ha alertado sin duda a Estados Unidos, que hoy está de vuelta con una presencia más inteligente y por ello más riesgosa para nuestra región.

En esta misma línea, después de varios años en que más de la mitad de inversión extranjera directa (IED) mundial se dirigía hacia los países en desarrollo, en 2015 se ha producido un cambio de tendencia. Mientras que la IED dirigida a los países desarrollados aumentó un 90%, aquella dirigida a los países en desarrollo creció solo un 5% y la dirigida a nuestra región cayó un 11%. Asistimos a un regreso de la inversión extranjera hacia las economías desarrolladas (un verdadero “reshoring”) y a una concentración del poder tecnológico, sobre todo en lo que respecta a internet y a los grandes datos.

Dos factores que han contribuido de forma decisiva a un cambio de las tendencias estructurales son el aumento de la desigualdad y el creciente peso del sector financiero.

En las economías desarrolladas y en algunas de las economías en desarrollo, la desigualdad está en su nivel más elevado desde hace 30 años. Entre 1985 y el 2013, para los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), el ingreso medio del decil más rico pasó de septuplicar al del decil más pobre a ser diez veces superior a este.

Otro indicador del aumento de la desigualdad es la participación salarial en el PIB, que, en las economías más avanzadas, cayó del 63% en 1960-1980 al 56% en 2012. El aumento de la desigualdad es aún más notorio en términos de la riqueza. Según Credit Suisse (2015), el 1% más rico de la población de Europa Occidental posee el 31% de la riqueza, mientras que el 40% más pobre posee solo el 1%.

Los sistemas impositivos y de protección social no han corregido las tendencias al aumento de la desigualdad, sobre todo en Latinoamérica. Mientras que los países de la OCDE, mediante los impuestos y las transferencias, logran una reducción promedio del 35% del coeficiente de Gini del ingreso de los hogares, en América Latina esa reducción es solo del 6%. La desigualdad genera una menor capacidad de consumo que, si no es compensada por el aumento de la inversión, implica una desaceleración de la demanda agregada.

En América Latina y el Caribe, solo un tercio de la participación de las utilidades en el PIB se traduce en inversión, lo que contrasta con la situación en Asia, donde esa variable alcanza los dos tercios.

América Latina y el Caribe no es únicamente la región más desigual del planeta, sino también aquella cuya élite es más renuente a traducir su posición de privilegio en la inversión de las utilidades.

Por su parte, la desaceleración del crecimiento está teniendo impactos negativos en la creación de empleo y en su calidad. La tasa de desempleo urbano en la región ha aumentado de forma persistente a partir del cuarto trimestre de 2014. La calidad del empleo se ha deteriorado, lo que queda reflejado en el aumento de la tasa de crecimiento del trabajo informal desde 2012. Estos resultados ayudan a explicar el estancamiento de la disminución de la desigualdad y el deterioro de algunos indicadores sociales a partir de este último año. De hecho, más de la mitad de la población de la región no disfruta de su derecho a la protección social o a una pensión jubilatoria.

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La falta de demanda agregada coexiste con un exceso de liquidez. El sistema financiero sigue una trayectoria autoalimentada de multiplicación de sus activos, a lo que han contribuido los desequilibrios en la cuenta corriente y la consiguiente emisión de títulos de deuda. Se acentúa además el desacoplamiento del mundo de las finanzas con respecto al mundo de la producción: el monto de los activos financieros, en particular de los derivados financieros, aumenta fuertemente en relación con el PIB mundial. El potencial disruptivo de una riqueza financiera “desacoplada” que se incrementa a gran velocidad y excede con creces los volúmenes de producción y comercio es sumamente alto.

Los factores que explican esos desequilibrios no son solo externos, ni únicamente comerciales y financieros; hay factores endógenos y estructurales, como las asimetrías productivas y tecnológicas existentes entre los países, que están en la base de las diferencias de competitividad y los desequilibrios comerciales. Así, los países de América Latina y el Caribe se ven especialmente afectados por los ciclos de crecimiento y liquidez internacional, debido a su especialización en pocos bienes de baja intensidad tecnológica y sus débiles capacidades para diversificar sus exportaciones e ingresar en nuevos mercados.

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En este mundo caracterizado por un contexto recesivo, la integración regional está llamada a asumir un rol central en la salida de la difícil coyuntura actual.

Desde la CEPAL vemos la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) como un suceso histórico de la mayor envergadura, que tiene la ambición de cambiar la forma de relacionarnos entre nosotros mismos y con el resto del mundo con grandes dosis de pragmatismo y sin perder el idealismo. Como reza la Declaración de Caracas, “la unidad e integración política, económica, social y cultural de América Latina y el Caribe constituye, además de una aspiración fundamental de los pueblos aquí representados, una necesidad para enfrentar con éxito los desafíos que se nos presentan como región”.

El valor de este diálogo hemisférico entre las Américas (Norte, Centro y Sur) y el Caribe es reconocido por todos los actores, lo que queda expresado en la importante y numerosa concurrencia de Jefes de Estado y de Gobierno que se han hecho presentes; sin embargo, para que este diálogo se fortalezca y se proyecte de manera sólida en las próximas décadas deberá tomar en cuenta esta nueva realidad, de modo que en la próxima Cumbre de las Américas participen todos los países del hemisferio y todos los países miembros de la CELAC.

Ser socios para la prosperidad significa reconocernos como iguales, pero respetándonos en aquello en lo que somos diferentes. Significa reconocer que tenemos responsabilidades comunes, pero también diferenciadas, en la construcción de esta prosperidad. Significa querer vivir juntos y asumir nuestra proximidad geográfica como una oportunidad, no como una condena. Significa buscar entre todos nuestra verdad compartida.

Como dice el filósofo italiano Gianni Vattimo: “No nos pusimos de acuerdo porque encontramos la verdad…encontramos la verdad cuando nos pusimos de acuerdo”.

Prosperar juntos es, en definitiva, formar un nuevo pacto, una nueva alianza.

No obstante, tenemos que hacer mayores esfuerzos, porque las noticias tampoco son buenas. No ha sido fácil consolidar a la CELAC, y hoy pasa por momentos difíciles que reflejan la problemática social y política que atraviesa nuestra región.

El comercio intrarregional representa hoy solo un 17% de las exportaciones de la región, y en 2015 su valor cayó un 22%, es decir, 8 puntos más que las exportaciones al resto del mundo. El desplome del comercio intrarregional es una pésima noticia, ya que el mercado regional es el que más propicia la diversificación exportadora, las exportaciones industriales y la internacionalización de las pymes. Es también el mercado natural para la formación de encadenamientos productivos entre nuestras economías.

Por lo tanto, lo más urgente hoy en día es discutir qué políticas se requieren para que el comercio y la integración productiva intrarregional se conviertan en una palanca decisiva de apoyo a la recuperación económica.

La CEPAL plantea la necesidad de avanzar hacia un mercado regional con reglas comunes para el comercio y la inversión y con políticas industriales plurinacionales que apoyen la conformación de cadenas regionales de valor. En una economía mundial que opera cada vez más sobre la base de macrorregiones integradas, la convergencia entre los distintos esquemas de integración de nuestra región resulta no solo necesaria, sino urgente. Esta convergencia es algo mucho más profundo que eliminar aranceles. Las cadenas de valor modernas requieren una infraestructura regional adecuada de transporte, telecomunicaciones y energía, que permita dispersar geográficamente la producción de manera eficiente.

Una tarea urgente en la actual coyuntura es evitar que los diferentes esquemas de integración económica funcionen como compartimentos estancos, fragmentando el mercado regional y reduciendo el potencial que ofrece la integración. Para ello es fundamental tender puentes entre los distintos mecanismos.

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Amigas y amigos,

El contexto de nuestro presente no es auspicioso; se caracteriza por la profundización y persistencia del sesgo recesivo global, por la inestabilidad generada por la desregulación del sistema financiero, por el aumento de las desigualdades y tensiones causadas por la concentración de la riqueza y de los ingresos entre los países y dentro de ellos y por el riesgo de una crisis ambiental de grandes proporciones.

Hace siete años, la CEPAL inició una senda de reflexión que puso la igualdad en el centro de la agenda del desarrollo, con propuestas para un cambio estructural progresivo. Una igualdad basada en la titularidad de derechos y con un espíritu universalista respecto a la protección social y a la provisión de bienes meritorios tales como la educación y la atención a la salud gratuitas y de calidad.

Hoy, a pesar de este contexto difícil e incierto, seguimos con la convicción de que América Latina y el Caribe debe continuar en la ruta hacia la igualdad, y que la llave maestra para lograrlo es el trabajo y los derechos. Estamos convencidos de que para que esto sea posible es necesario contar con un Estado activo que se esfuerce por incorporar el nuevo paradigma tecnológico, para aumentar la productividad con empleo.

Observamos que el estilo dominante muestra señales de agotamiento y está generando desequilibrios que se manifiestan en la profundización y persistencia de un creciente estancamiento secular de la economía internacional.

Estamos convencidos de que el mundo enfrenta hoy la necesidad de cambiar su estilo de desarrollo, que se ha vuelto insostenible en lo económico, lo social y lo ambiental.

A este cambio de rumbo lo hemos denominado “cambio estructural progresivo”. Debe ser un cambio que permita una expansión económica, pero con más tecnología, más valor agregado, más empleo y hacia sendas bajas en carbono, lo que requerirá un paquete de inversiones complementarias. Se trata de avanzar hacia un gran impulso ambiental.

Implementar un programa colectivo en torno a un nuevo estilo de desarrollo sostenible puede ser parte de la respuesta a los problemas de escasez de la demanda agregada que sufre la economía mundial. El gran impulso ambiental es la contrapartida natural a un keynesianismo ambiental global.

Claramente, la competitividad y el crecimiento de los países dependerán de la calidad de su integración al ecosistema digital mundial. Esta integración debería abordarse con una visión regional: un mercado digital común que apoye y aumente la calidad de la interconexión regional y el almacenaje de la información en la propia región.

Como hemos venido argumentando desde hace años en la CEPAL: “no solo en lo social se juega lo social”. Si no logramos avanzar hacia una estructura productiva y exportadora más sofisticada e intensiva en conocimiento con pleno empleo, quedaremos sujetos a los vaivenes de los precios de las materias primas. Y en ese escenario resulta muy difícil sostener los valiosos avances obtenidos en los últimos años en lo que respecta a la reducción de la pobreza y la desigualdad.

Para salir del momento duro que vivimos y lograr alinear nuestra trayectoria de desarrollo con aspiraciones como las contenidas en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, que está centrada en la igualdad, se requiere la implementación de políticas económicas, industriales, sociales y ambientales que se correspondan con el cambio estructural progresivo.

Las instituciones y las políticas públicas se deberán articular en torno a un gran impulso ambiental transformador de la estructura productiva que complemente la incorporación de progreso técnico, la sustentabilidad y la igualdad.

Esto requiere actuar en tres ámbitos: la gobernanza internacional para la producción de bienes públicos globales, la cooperación y el aporte regional al debate mundial y las políticas públicas nacionales, en particular las macroeconómicas, sociales, industriales y ambientales.

La visión de la macroeconomía que propugna la CEPAL considera que la articulación del corto y el largo plazo requiere de políticas centradas no solo en el manejo del nivel de la demanda agregada, sino también en su composición, y presta atención a los efectos de la financiarización en la gestión macroeconómica.

Las políticas fiscales deben fortalecer su dimensión redistributiva. Los subsidios de desempleo y los ajustes automáticos por inflación a las asignaciones y las pensiones de los sectores más vulnerables contribuyen a sostener los niveles de consumo en la baja del ciclo y reducen la desigualdad. La política fiscal debe articularse con las políticas industrial, tecnológica y ambiental, cambiando la rentabilidad entre sectores, internalizando externalidades y cuidando los recursos no renovables. El financiamiento blando (subsidiado con recursos fiscales) al desarrollo de actividades vinculadas a la provisión de energía por fuentes renovables es otro instrumento que considerar.

También se debe combatir frente a frente la evasión y la elusión fiscal, que hoy ascienden a más de 320.000 millones de dólares en nuestra región, y acabar con los privilegios fiscales.

A eso se refiere la CEPAL cuando aboga por un keynesianismo ambiental, es decir, establecer estímulos fiscales que sostengan el nivel de actividad y al mismo tiempo favorezcan sendas bajas en carbono.

El desafío para los bancos centrales es articular las políticas monetaria y cambiaria de manera que la búsqueda de la estabilidad nominal no se traduzca en una apreciación del tipo de cambio o que la búsqueda de la competitividad cambiaria no acelere la inflación o comprometa la distribución del ingreso. La capacidad efectiva de utilizar la política cambiaria para amortiguar los efectos de los ciclos financieros internacionales es función del acervo de reservas internacionales. Para que una política cambiaria contracíclica que promueva cierta estabilidad en la cotización no dependa de grandes movimientos de las tasas de interés o de las reservas del banco central, deben desarrollarse nuevos instrumentos para administrar el tipo de cambio.

Amigas y amigos, atravesamos horas duras. A lo largo y ancho de la geografía de nuestro continente se ponen en cuestión los avances conquistados en la primera década de este nuevo siglo. La ortodoxia del mercado pretende reescribir el balance de un período de logros sociales, de mayor compromiso público con el combate a la desigualdad, de la recuperación del papel del Estado en la ampliación y titularidad de derechos, de la reconstrucción de bienes colectivos.

Con tintas cargadas, con la prepotencia de quienes se han acostumbrado a ejercer el poder sin contrapeso porque concentran desde siempre los recursos y las redes sociales de influencia, los privilegiados han vuelto a la carga.

Se despliega un ejercicio de demolición de raíz atávica, conservadora y restauradora. Vuelven por sus viejos fueros aquellos que se beneficiaron toda la vida del estilo dominante, el conjunto de quienes aumentan sus beneficios cuando la sociedad se organiza, no alrededor de la ampliación universal de todos los derechos ni resguardando el interés colectivo, sino librada, más allá de la economía, a la fría ley de la oferta y la demanda.

Nos proponen una receta conocida: menos Estado y más mercado, menos ciudadanos y más consumidores, mutar derechos por mercancías, atender las necesidades sociales en un ejercicio de compra y venta.

América Latina ya recorrió ese camino, y los resultados son bien conocidos. Al amparo de esa hegemonía llegamos a convertirnos en la región más desigual del mundo. Hoy, América Latina y el Caribe ya no es la misma, y mucho le debemos a Cuba en este camino hacia una mayor autonomía.

Por ello, el papel del Estado es crucial para evitar la precarización de lo público, para evitar la liquidación de los activos que construyeron, para afirmar nuestro desarrollo, las generaciones que nos antecedieron. Se trata de construir un clima propicio para el mercado, para los negocios, pero sin destazar los derechos laborales y ambientales, sin olvidar que el fundamento de nuestra convivencia democrática debía apuntar a construir las condiciones adecuadas para que todos y todas pudieran vivir con dignidad.

Construir caminos alternativos, proyectos de sociedad en los que el ciudadano sea sujeto y no solo objeto de las transformaciones que mejoran su condición, hacer de la política pública una herramienta de desarrollo colectivo y de la igualdad un propósito compartido: este fue el camino decidido por los cubanos en aquel enero de 1959, y este es el que, con sus peculiaridades y características propias, empezaron a recorrer un número creciente de naciones de nuestro continente a comienzos de la década de 2000.

A pesar de las dificultades de cada caso, la búsqueda de rutas nuevas supuso la mayor reducción de pobreza, indigencia y desigualdad que ha registrado la historia de nuestro hemisferio, la implementación de programas sociales que alcanza aún hoy a un cuarto de la población, la paulatina recuperación pública de los excedentes de recursos naturales, una nueva preocupación por el desarrollo de capacidades y hasta tímidos intentos por repensar la estructura productiva de la región.

Vivimos una época de “años dorados”. Al inicio de la década pasada se animaron expectativas optimistas, pero estos años no se aprovecharon cabalmente para impulsar el cambio estructural progresivo necesario para poder superar los patrones de producción y consumo que se sitúan en la base de nuestras desigualdades. Es preciso reconocer que la región no aprovechó los años de bonanza para invertir decididamente en políticas de innovación, ciencia, tecnología y educación que le permitieran mejorar sus niveles de productividad y avanzar en el cambio estructural hacia actividades de mayor sofisticación y contenido de conocimiento. Hoy, el fin del superciclo de los productos primarios nos halla básicamente con la misma estructura productiva y exportadora de hace diez años.

El entorno mundial actual es menos auspicioso, y ante estas dificultades aparecen, más frágiles, los flancos expuestos de nuestras jóvenes democracias. Se precisan líderes; ustedes los tienen en Fidel y Raúl y los revolucionarios que los antecedieron. Por eso la historia es importante. Contémosla.

Porque hay que estar alerta.

Cuando las expectativas de bienestar se frustran, cuando la promesa de más y mejores bienes públicos choca con las restricciones de la austeridad, cuando se hace evidente que en el mundo en el que vivimos las instituciones de la política no gobiernan los impulsos centrales del desempeño económico y que el nivel de nuestros ingresos depende más del resultado de juegos especulativos en las bolsas que del rumbo dictado por las urnas, las instituciones representativas de la democracia se resienten.

Y el ambiente se vuelve propicio para las viejas y nuevas amenazas.

Frente a ellas, reivindico a Nicolás Guillén y con él les digo, con “La voz esperanzada”:

que iré […] con vosotros,

[…]

ayer, y hoy ímpetu para desbaratar fronteras;

manos para agarrar estrellas resplandecientes y remotas,

para rasgar cielos estremecidos y profundos;

para unir en un mazo las islas del Mar del Sur y las islas del Mar Caribe;

para mezclar en una sola pasta hirviente la roca y el agua de todos los océanos;

para pasear en alto, dorada por el sol de todos los amaneceres:

para pasear en alto, alimentada por el sol de todos los meridianos,

para pasear en alto, goteando sangre del ecuador y de los polos;

para pasear en alto como una lengua que no calla,

que nunca callará […]”.

 

Muchas gracias

 

 

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